Gente que enseñáis a otras personas, me fascináis. Vuestra paciencia. El cómo salís airosos de los aprietos en los que las preguntas menos esperadas te colocan. El cómo repetís cien veces una misma lección y cada vez lo hacéis un poco diferente y un poco mejor. El cómo preparáis unos temarios y unos itinerarios para que los que vayan a aprender puedan pasar del más absoluto desconocimiento a controlar un tema con soltura. Bravo por vosotros.
Gente que enseñáis a otras personas ya sea de manera presencial o por Internet. En tutorías personalizadas, en vídeo llamadas, en cursos grabados en vídeo, en podcasts o en tutoriales por escrito. Los que compartís conocimiento de manera gratuita y los que os ganáis la vida con ello. Me fascináis todos. Y os admiro mucho.
Yo siempre he dicho en alto que enseñar no es algo para mí. Que no tengo paciencia. Que igual no me sé explicar bien. Que parezco más un profesor de universidad (de los malos, de los que no saben hacerse entender porque no pueden ponerse en el lugar del que no tiene los conocimientos que él tiene) que un buen maestro.
Supongo que esto es como todo. Igual que hablar en público no era para mí. Que me daba miedo escénico. Que qué iba a contar yo. Que cómo iba a dormir la noche antes. Excusas de las que uno mismo se convence.
Así que imagino que dejaré de decirlo, aunque no tenga muchas intenciones de momento de convertirme en maestro de nada. Seguiré ensayando en las charlas. Porque en media hora es más fácil explicar uno o dos conceptos y que queden claros. Porque paso a paso se va aprendiendo.
Y porque en cada charla que veo, cada curso al que me apunto, cada tutorial en el que viene explicado cómo hacer algo que me va a permitir mejorar como profesional, intento aprender cómo enseñáis también. Para la próxima vez.
¿Algún truco de buenos profesores para que me lo apunte? Se agradecen.


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