Fue bastante sorprendente para mí descubrir que la mayoría de la gente tiene una conversación continua dentro de su cabeza consigo mismo.
Casi tanto como cuando descubrí por qué me sabía a jabón el cilantro.
Yo normalmente dentro de mi cabeza solo tengo música. O silencio.También por eso duermo como un tronco todas las noches aunque tenga preocupaciones.
A veces sí que hablo conmigo mismo. O leo lo que escribo. O hasta me comento cosas en alto. No es que esté vacío siempre. Incluso en ocasiones tengo docenas de cosas amontonándose a la vez buscando mi atención: mensajes sin contestar, proyectos sin entregar, llamadas que hacer, correos que enviar, facturas que hacer, problemas aquí o allá, lo del piso, lo que voy a comer, el partido del Racing, gente cercana nerviosa, terceros liándola parda fuera de mi control…
Cuando esto pasa tengo que parar 30 segundos.
Y volver al estado de calma tensa. De gestionar la incertidumbre. Y el caos. De «una cosa cada vez».
Igual que cuando voy al supermercado y me apetece arrasar con las estanterías de chocolate y galletas. Parar 30 segundos. Control. Aunque sea momentáneo.
